Primer contacto

Primer contacto

“Jueves 27 de marzo de 2024 (Australian Associated Press): El conjunto de radiotelescopios SKA (Square Kilometer Array), detectó la pasada madrugada una extraña señal de radio proveniente de un punto en la posición 1h 27m 47s de ascensión recta y 56º 49′ 55″ de declinación, a una distancia aún por determinar, en la constelación de Casiopea. La señal presenta todo el conjunto de características que esperamos de un contacto SETI: una señal de banda muy estrecha, en la frecuencia de 1.43 GHz (la de la emisión natural del átomo de hidrógeno); la señal está compuesta por diferentes modulaciones de amplitud y polarización, que al ser analizada con técnicas matemáticas de Teoría de la Información, mostraron claramente que, en efecto, contiene información. Es artificial: el primer contacto con una civilización extraterrestre.”.

Supongamos como cierto el anterior escenario futurista. Se trata sin duda de una perspectiva estimulante y muy interesante; la detección de esta señal de un vecino galáctico sería un momento de gran emoción. Pero la pregunta que queremos plantearnos es ¿qué pasaría al día siguiente? ¿y al año siguiente? Si preguntamos a un público casual, seguramente lo calificará como curioso o excitante, pero intrascendente. Con toda seguridad pensará que nada radical ocurriría. Todo seguiría como antes. Estamos tan acostumbrados a escenarios de este tipo en el cine de ciencia ficción que nos creemos vacunados contra la posibilidad. Pero la realidad es muy diferente de la ficción. Tan diferente como participar en una guerra lo es de ver una película de cine bélico. La mera información de saber que hay otra civilización técnica además de la nuestra, tal vez no al día siguiente pero sí lentamente, cambiaría completamente la sociedad.

Sabemos que nuestro mundo se está abocando a una gran crisis debido a la cada vez mayor escasez de materias primas y recursos. No sabemos si dentro de cien o doscientos años nuestra civilización seguirá aquí o nos habremos visto obligados a retroceder varios siglos. Pero si encontramos otra civilización tendremos una prueba de que sí es posible sobrevivir al desarrollo tecnológico. Es una simple cuestión estadística: nosotros tenemos tecnología de radio desde hace un siglo. Si otra civilización está menos avanzada que la nuestra, no enviará tal tipo de señales. Si los detectamos, es porque están al mismo nivel que nosotros o más avanzados. Pero que la civilización que encontremos esté exactamente al mismo nivel es mucha casualidad. Con toda probabilidad van a estar más avanzados que nosotros. Luego es posible sobrevivir (¿aunque cómo?).

Por otra parte, de repente nos daremos cuenta de que no somos los hijos únicos del Universo, nos daremos cuenta de que sólo somos un caso más entre otros. La ciencia ha tenido la “desagradable” costumbre de ir echándonos poco a poco de la posición privilegiada en la que sólo nosotros nos habíamos puesto: ¡Fuera la Tierra del centro del Sistema Solar! ¡Fuera el Sol del centro del Universo! ¡Fuera el hombre del centro de la creación! Cada vez que esto ha ocurrido, los pilares en que se fundamentaba nuestra civilización y nuestra filosofía se vinieron abajo (no inmediatamente, pero sí a largo plazo) y hubo que construir unos nuevos. Pocas cosas han cambiado tanto nuestra sociedad como la constatación de la evolución darwiniana, o de la inmensidad descomunal del Universo, no hecho en absoluto a la medida humana. No cabe duda de que saber (verdaderamente saber, no sospechar) que hay más mundos habitados erosionaría, como un lento pero imparable glaciar, nuestros sistemas de creencias tanto filosóficos como religiosos. Y las religiones serían particularmente afectadas. Prácticamente todas ellas están basadas en el papel central del hombre en el Universo. ¿Cómo casaría la existencia de unos vecinos inteligentes en los fundamentos de todas estas religiones? ¿pasaría el cristianismo a pensar que hubo una encarnación y posterior martirio del hijo de Dios en cada uno de todos los mundos habitados? ¿El mismo hijo u otro? ¿Habría que ampliar la Trinidad? ¿O serán musulmanes? ¿En ese caso cómo lo harán para encontrar hacia dónde está la Meca en cada momento? Peor aún ¿serán religiosos? ¿o será la religión una concepción meramente humana que no tiene nada que ver con la inteligencia en sí, sino quizás sólo con la peculiar historia evolutiva de nuestro cerebro? ¿Sobrevivirían las religiones al Primer Contacto?

¿Y serán “los otros” una amenaza? Si resultara que están verdaderamente cerca, a menos de 100 años luz, conociéndonos, da miedo pensar qué paranoia se podría desatar en nuestra sociedad. Al respecto recomiendo el cómic de Will Eisner “A signal from space” (también titulado “Life in another planet”) donde se da una buena pincelada (en algunos puntos, dramáticamente realista) de lo que podría pasar. No obstante lo más probable (de nuevo, pura estadística) es que estén tranquilizadoramente lejos y no nos sintamos (muy) amenazados.

La “intranscendente” señal extraterrestre del principio podría tener otro efecto aún más contundente en nuestra sociedad. Supongamos que contiene información, codificada de forma tan inteligente que incluso nosotros supiéramos decodificarla. Supongamos que nos han enviado el equivalente de su Wikipedia. Dado que, como vimos, estarán más avanzados que nosotros, nos encontraremos que un cúmulo mayúsculo de conocimientos de los que nada sabíamos, está ¡de repente a nuestro alcance! Tal vez incluya la clave para conseguir de forma controlada una fusión nuclear, y adiós al problema energético. O de cómo trasladarnos eficientemente por el espacio. O sus sistemas filosóficos y morales. Con toda seguridad, ciencia y tecnología de la que no tendríamos ni idea. Es imposible prever qué cambios sociales, culturales, científicos o de otro tipo puede tener un intercambio de información de este tipo con la civilización de otro sistema planetario.

En cualquier caso, merece (y mucho) la pena seguir manteniendo las radioorejas bien abiertas.
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Inicialmente publicado en Mètode.